Crónica de dos ciudades moldeadas por la misma pasión | Donde juega la emoción


El entrenamiento acaba de terminar. Un hombre baja de la grada al parqué. Lleva dos cajitas pequeñas en las manos. Pide permiso y, con ellas, se acerca a Džanan Musa y a Sergi Quintela. Son un regalo: “Las hace mi cuñado. Le pedí que esculpiera estas para vosotros”. Ha tallado las efigies de ambos jugadores en miniatura y las ha cubierto con una cupulilla de vidrio. Están acostumbrados a las continuas muestras de afecto de la afición y, aun así, la sorpresa de Musa y Quintela es mayúscula. Esta temporada, la mayor parte de los jugadores del Breogán viven en el centro de la ciudad, cerca los unos de los otros, y tratan a diario con los vecinos de Lugo en la panadería, el supermercado, el bar…

Musa recoge asombrado la miniatura que le regala un aficionado. | Óscar Corral

Los hermanos Quintela cumplen un papel fuera de la cancha: son la correa de transmisión que hace comprensible lo que para Lugo significa su Breogán.

—Nuestro lugar natural es la grada. De ahí salimos hace diez años y ahí volveremos dentro de otros diez. Mientras, tenemos el privilegio de poder hacer lo que cualquiera de los miles que animan querrían hacer: defender a su ciudad vistiendo esta camiseta en la cancha.

Sergi Quintela (izquierda) y Erik Quintela (derecha) en el Pazo dos Deportes de Lugo. | Óscar Corral

Erik y Sergi conversan. Recuerdan cómo su padre, que no sabe demasiado de básquet (“si cogiera una pelota, la chutaría”, dicen), los llevó de críos al Pazo, como antes hiciera su padre con él: continuando el rito. Rememoran cómo, de niños, jugaban en la pista roja, aneja al pabellón, y la emoción desbordante que sentían los días en que su equipo podía entrenar en el mismo parqué donde jugaba el Breogán; evocan la impresión indeleble que dejó en ellos ver en aquella pista a Charlie Bell en 2005, estrella que, de Lugo, ficharía directo por la NBA (“cada día era una fiesta, metía triples desde todas partes, veníamos pensando: ¿con qué locura nos va a deleitar hoy?”). En Lugo, el baloncesto lleva décadas forjando familias: la mitad del cuerpo técnico del equipo es lucense: Pablo Duarte, fisioterapeuta; Quique Fraga, asistente del entrenador…

A Musa, el MVP de la competición —un tercio de Lugo debió votar su nombramiento, atendiendo a los testimonios— el sentimiento le cabe en una frase, concisa y enorme: “Aquí he encontrado un hogar”. Musa, un genio precoz de este deporte, venía de años plagados de reveses, en Brooklyn Nets (NBA) y en el recién proclamado —por segundo año consecutivo— campeón de la Euroliga Anadolu Efes (Turquía). Y, a consecuencia del cariño de compañeros y vecinos, confiesa, su carrera resucitó: “he intercambiado mensajes con Charlie Bell, porque lo que le sucedió a él me ha vuelto a ocurrir a mí. Este lugar es increíble. Y, para mí, es un honor haber liderado a esta gente”.

Džanan Musa, que promedió 20,1 puntos por partido, fue elegido mejor jugador de la Liga Endesa de esta temporada.

Otro de los grandes favoritos para el galardón fue, precisamente, el ala-pívot del Baxi Manresa Chima Moneke, escogido en el mejor quinteto.

Mònica Castilla jugó en el Pryca Manresa, equipo femenino que compitió en primera división. “En Manresa, en los colegios jugábamos a baloncesto y la aspiración de cualquiera era el primer equipo. Está en el ADN”. Su marido, Joan Peñarroya, hoy uno de los entrenadores más prometedores de nuestro baloncesto, fue una de las estrellas de aquel TDK Manresa campeón de los noventa. Su hijo Marc, canterano del hoy bautizado Baxi Manresa, debutó en la ACB 31 años después de que lo hiciera su progenitor. Padre, madre e hijo simbolizan la simbiosis con el básquet que se respira en la comarca. Es una ceremonia social. “Los hijos empiezan a independizarse cuando comienzan a ir al pabellón con sus amigos. Lo hice yo y lo hicieron luego mis hijos”, explica Castilla, que cuenta que, desde días antes, acostumbran a despedirse unos de otros con el lema: “el domingo nos vemos en el partido”.

A Josep Sorinas nadie lo llama por su nombre. Es Manel. Para todos. Su bar ha sido, desde hace 35 años, sede de peñas —las primeras que organizaron viajes para escoltar al equipo cuando jugaba de visitante— y hasta comedor de los jugadores de categorías de formación que recibían becas de manutención del Manresa. “Desde detrás de esta barra me pasaba los días escuchándolos: sus problemas, sus dificultades… comían y cenaban aquí y, a la vez, eran un foco para un séquito de apasionados del básquet, que venían a Cal Manel porque estaban ellos… La lástima es que en aquella época no tenía móvil, y casi no tengo fotos”, se lamenta Sorinas, que enumera algunos de los numerosos jugadores con los que ha seguido teniendo luego relación, como Sergio Llull o Serge Ibaka. “Hay una familia de Manresa que son casi casi como los padres adoptivos de Ibaka. Su 18º cumpleaños lo celebró aquí, en el bar, con ellos y con algún amigo como Álex Llorca [también jugador]. Después de ganar el anillo NBA con Toronto Raptors, vino por aquí a saludarme”.

Josep Sorinas, conocido por todos como Manel, tras la barra del bar que abrió en 1987 y es punto de reunión de jugadores y aficionados en Manresa. | Toni Ferragut

Cuenta que otro grande, Roger Esteller, El tigre de Sants, que recaló en Manresa tras haber pasado por el Barcelona, le confesaba: “Allí, salía de la estación con los auriculares puestos, me cambiaba en el vestuario con los cascos, y acababa el entrenamiento y caminaba de nuevo escuchando música y sin cruzar apenas palabra con nadie. Aquí, en Manresa, es distinto, convivimos de verdad”.

Lugo y Manresa, dos ciudades que verdaderamente serían distintas (y probablemente peores) sin sus equipos de baloncesto; dos clubes que, para el que juega y para el que no, son un lugar de pertenencia. Una familia.

En el municipio de Lugo hay 938 licencias de niños y niñas de entre cinco y 17 años que practican baloncesto federados (según datos de la Federación Galega de Baloncesto).

En el municipio de Manresa hay 696 (según datos de la Federació Catalana de Basquetbol).

En ambas ciudades, se estima que uno de cada diez niños y niñas menores de 18 años juega con ficha en ligas federadas a baloncesto.

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